sábado, 12 de marzo de 2011

Las horas (y no de Michael Cunningham)






Hace unas semanas atrás, los siempre relucientes y lustrados (¿ilustrad0s?, no) profesores de una conocida organización educativa limeña, tuvimos un encuentro educativo y de camaradería en una reputada universidad del cono norte limeño. Agradecidos, haciendo largas filas por los momentos del refrigerio (empanadas y café desazucarado), escuchamos atentos las largas charlas de corte pedagógico que una campechana profesora nos dispensaba a través de vídeos; separatas, bromas, intervenciones orales, equipos de trabajo, y comentarios infidentes sobre su vida cotidiana. Con cierto recelo también observaba a mis compañeros de aula, intentando reconocer a alguno que otro, mientras se oía desde los pasillos a chicas en minifalda apuradas y con papeles en mano.


Fueron dos días de "capacitación" (aunque más que eso, los profesores se la pasaron criticando el método de esta conocida organización educativa) y durante esas jornadas, aprovechamos todos para conocernos mejor y saber quiénes nos eran, sea porque éramos colegas de curso o de local, más próximos. Así, volví a ver a LY; a Vladimir, a Inri, a Puñal, al Teatrero, y a nuevos miembros del curso: al Bloggero, al Payaso, al Retaco, y finalmente a El Francés, un sujeto quien me abordó de sorpresa durante el almuerzo y quien no solo conocía mi nombre ("Douglas, Douglas..."), sino que sabía el curso que llevaba, las horas que tenía y hasta el local donde dictaba. A pesar del calor y lo apremiante del tiempo, conversamos unos minutos mientras degustábamos pollo frito y arroz blanco:

"-Sí, sé que ya no está acá.

- ¿Sabes que lo sacaron porque se metió con una de sus alumnas?

- Pensé que el Medieval se fue para seguir estudios..."




"- Sí, sé que se ha ido a dictar clases a una universidad privada.

- ¿Tú crees? Si lo sacaron también por meterse con una de sus alumnas."


Terminada la comida, y mirando a otros conocidos, continué caminando y me saludé con Puñal; con Vladimir ("¿Dónde enseñas ahora?", "En Los Olivos", le dije. "Ahhh...", me respondió, medio aburrido); con El Teatrero, con quien conversé un poco sobre La Decana de América: "Sí, pues. Acabo la carrera: me interesan mucho los estudios culturales". "¿Y te enseñó Philipp Dick?", le dije. "Claro, pero no es profesor. Solo toma asiento y habla, nomás. Eso no es ser docente". (Claro. Para El Teatrero ser docente de literatura es apagar las luces del aula de un colegio secundario donde enseña, colocarse una linterna en la cara y empezar a hacer muecas y gestos, narrándoles el cuento que sus alumnos deben de leer). También me encontré con Inri, quien me saludó amablemente y preguntó por mi salud, sonriéndome y haciendo bromas sobre mi subida de peso. Ah, por supuesto, y también me encontré con LY, quien me hacía señas con las manos y me comentaba, riéndose nerviosamente, que estaba a un paso de la quiebra económica.


Al final de la jornada, que duró dos días, entre el fuerte calor del verano y el sopor de las maratónicas charlas, una linda señorita se acercó a cada una de las aulas que congregaba a los profesores de esta institución educativa, nos dio unos papeles, un lapicero, y nos indicó que era hora de las encuestas. Y luego dijo una frase, que nos dejó, literalmente, helados: "Los horarios se entregarán este martes, a partir de las 10 de la mañana".


Aunque ya se habían estado pasando la voz durante el almuerzo, la noticia de que los horarios no se entregarían al final de la capacitación, despertó en muchos sospechas maliciosas, nerviosismo, insultos a media voz, miradas extraviadas, silencios, y sobre todo desánimo. Las voces más experimentadas, a hurtadillas, comentaban que el solo hecho de que no se entreguen los horarios al final de la capacitación significaba, con sencillez, que muchos profesores se quedarían sin horas de trabajo para el año lectivo 2011. Y es que las horas, para cualquiera que se dedique a la actividad docente (y sobre todo en colegios particulares) significa, realmente, TODO. Y lo es TODO porque los docentes de colegios particulares y de universidades, deben de trabajar aquí y acullá para reunir una cantidad suficiente de horas, y alcanzar así un sueldo decoroso, siendo entonces necesario no solo un lugar de trabajo, sino varios, en los lugares más lejanos y en los horarios más extraños. Por cierto, no es malo ganar horas y ganar un buen pago por cada hora enseñada, menos todavía, conseguir horas suficientes en un solo lugar; sino que lo malo de todo esto, es que muchos no se van con indirectas y, literalmente, le besan el poto al coordinador de horarios para que este les dé las horas suficientes y volverse su ganapán.


Las instituciones educativas de primaria y secundaria lo saben bien, y aunque en las universidades también hay estas pugnas por las horas, es en las primeras donde las condiciones y reglas para adquirir horas a lo largo del año adquieren ribetes de mendicidad; obteniendo un resultado, en el mejor de los casos risueño, y en el peor de los casos, indigno. Veamos la I.E. preuniversitaria donde todavía laboro, y los requisitos que piden para poder conseguir horas durante sus años lectivos:


a. Salir bien en las encuestas.

b. Asistir a sus capacitaciones (donde solo se escucha la opinión del capacitador, porque cuando uno dice su opinión este sonríe y sigue hablando).

c. Ser puntual (así trabajes en la mañana en Comas y luego tengas que ir a Chorrillos, con un margen de una hora).

d. Ir con corbatita.


Si bien todo esto anterior, con todo lo difícil que resulta, es parte de una rutina administrativa y laboral, lo siguiente sí es, realmente, la torre de los alucinados:


a. Participar en la redacción de los libros que esta IE luego vende a sus alumnos. Por supuesto, a nosotros no nos dan ni un cobre. (Recuerdo todavía cuando le dije a Puñal por qué no nos daban nada, respondiéndome -en un email que conservo cada vez que quiero reírme - que era una forma de agradecer a esta IE por darme trabajo).

b. Participar (previo registro de asistencia) vestido con el polo de esta institución, en las caravanas y corsos que esta IE realiza en las afueras de las universidades donde se esté realizando un examen de admisión. Así, hay que ir con polos naranjas, globos, serpentinas, gritar con furor el nombre de la IE, dar de bailes mientras la orquesta contratada toca y retoca música popular, repartir volantes a raudales, pintarse la cara de colores, y pelearse de punta a punta con las otras IE de la competencia. Es decir, mientras más gritón y payasito seas, más horas tendrás.

c. Llamar por teléfono al director del local donde enseñas. (LY me diría que llamaba y llamaba al director de su colegio para que le dé más horas. Incluso, Puñal mismo llama y llama al Sumo Pontífice para que le dé más horas de las que ya tiene).


Y bueno, lo off de récord: los puñales que entre profesores nos lanzamos para que al otro le quiten horas y se lo den a uno (también lo he hecho, lo admito, aunque no para que me den horas, sino por joder); hacer aquelarres, para convencer a las tutoras que nos hagan llegar copias de los exámenes semanales del curso que le hacen a los chicos y así saber dónde ser más enfáticos cuando enseñemos; mentir, como LY, que dice que ha acabado su carrera del literatura, cuando ni siquiera logró terminar su quinto año de pregrado; como Vladimir, quien dice que ha enseñado literatura en la Decana, cuando ni siquiera ha estudiado literatura; como el Francés, quien de estudiar Comunicación en una universidad privada (universidad por cierto, de dudosa calidad), se pasea con un libro de teoría literaria para justificar por qué enseña literatura; como Puñal, quien descargó varias veces sus temas de Literatura de portales de internet (diciendo que fue de su autoría), y de quien no conozco nada sobre su vida literaria y si ha estudiado en alguna universidad; y así.


Resumiendo, entonces. Conseguir "horas" en este universo educativo tan variopinto como es el nuestro, no es sencillo y a veces, uno tiene que ponerse rodilleras nomás. Ruego que este no sea mi caso, y ruego también porque me caigan algunas horitas más, así esta IE me haya dado una nadita de horas porque no cumplo con los requisitos que pide.


Mientras tanto, a terminar Las horas, de Cunningham.














miércoles, 16 de febrero de 2011

El cine Junín



Yo he vivido en el distrito de San Martín de Porres desde el día que nací hasta hoy, que tengo casi 35 años. Espacio sinuoso, de bullicio, de microbuses y peatones impenitentes, de lejísimos aviones atronadores, de pasacalles durante sus festividades patrias, de húmedo calor en el estío, de lluvias prolongadas en el invierno, de acuarelas en el cielo caprichoso de primavera, o aplastante molicie en las tardes luego del almuerzo otoñal. He vivido en este distrito y, lejos de avergonzarme (como muchos pequeños sobrinos que conozco, quienes prefieren decir que son de El Callao o Los Olivos, pero nunca de este lado del Cono Norte) no puedo dejar de recordarlo ahora que la nostalgia me abruma.

Y de esto que despierta mi nostalgia tampoco puedo desligarme (y más bien los persigo como incesante señuelo); o sea, de sus antiguos y populosos lugares de diversión dominical: los parques del barrio, donde se suelen reunir las familias los domingos para tomarse fotos; las iglesias de la avenida Perú, donde las familias llegan a las siete de la noche; los mercados, para degustar el desayuno de chorizo o la comida marina, y finalmente, como hasta hace poco lo conseguía, su recordado cine: el Junín.

De este cine de barrio, puedo decir que la primera vez que llegué a sus instalaciones -y de esto mi memoria tiene la total libertad para engañarme o no- fue con papá, Bruno y Chino, en microbuses empachados de gente donde íbamos prácticamente colgados del estribo. ¿La función que empujaba a ese aventura?: "Operación Dragón", con Bruce Lee. No recuerdo ya toda la película, aunque conservo todavía gratos recuerdos de su proyección pese a sus interrupciones y momentos de desconcertante silencio (no sabíamos que los proyectores apenas tenían un carrete de celuloide a disposición, mientras los motociclistas llegaban apurados y tarde con los otros carretes de la película), cuando la función dejaba de emitirse y las luces de la sala se prendían, entre silbidos e insultos. Casi siempre era así, y ya teníamos que acostumbrarnos a este improvisado programa. Como también debíamos acostumbrarnos a comprar boletos para "mezanine" (por lo barato del costo), subir ansiosos las escaleras para coger asiento en las primeras filas, sentarnos en largas filas de asientos de cemento, arrojar los restos de canchas y golosinas a los riquillos de "platea", y entrar con las narices tapadas a sus baños llenos de frases y dibujos de corte sexual. Sin embargo, todo eso se diluía a medida que las enormes cortinas doradas y amarillas -con el sonido del himno nacional del Perú- descubrían el hermoso y blanquecino écran. Las luces se apagaban, los anuncios de las tiendas comerciales aparecían, los conocidos trailers y teasers (que en esa época llamábamos "avances") nos hacían prometer volver de nuevo... y todos mudos.

Como buen cine de barrio era sencillo acudir a él. Incluso, los sábados y particulares cuando mi papá no podía (a mamá poco le importaba este tipo de entretenimiento), Chino, mi hermano mayor, ya podía hacerse responsable de nosotros, pues aunque yo no hacía problemas, Bruno era, literalmente, incontrolable. Como buen hermano menor, se aburría a media proyección -que el baño, que la gaseosa, que el sueño-, corriendo y gritando por la mezanine entre rechiflas, y que por culpa suya mis padres, cuando bebé, tenían que dejar la película a la mitad. Sin embargo, Chino encontraría su propia solución a tal inquietud tempranera: cuando fuimos a ver "Gregorio", del grupo Chasky, simplemente amarró a Bruno con un chompa atada a su mano y santo remedio.

Así, romper el yugo paternal fue todo un acontecimiento, pues ya podíamos salir cualquier día de la semana, siempre y cuando haya dinero, sin que haga falta la presencia de mi papá (mamá bostezaba y nos daba unas monedas). Gracias eso, tuve la inmensa suerte de ver películas que ahora se glorifican en el DVD, y yo sin la menor idea en esa época. "Aliens", de James Cameron; "Los cazadores del arca perdida", de Spielberg (y conociendo al doctor Indiana Jones); "Rocky IV", de Stallone (recuerdo a mi tío Freddy y a mí haciendo vivas por Rocky y arrojando moco y babas a Ivan Drago, en plena guerra fría USA vs. URSS, mientras Chino se molestaba conmigo y me callaba); "El regreso del Jedi", de Marquand (aunque el director en las sombras fuera George Lucas); "La historia sin fin", de Petersen (con su cancioncita electrónica intro de Limahl para la edición americana, pues la original, la alemana, tenía como intro una orquestación sinfónica); el ya referido "Gregorio", del grupo Chasky (aunque el director en sí fuera Alejandro Legaspi, el papito de Julián), etc.

Aún así, con el avance de los años, y yo entrando a la adolescencia (específicamente a los 13 años), me resultaba absurdo y aburrido depender de mi hermano mayor -avergonzado este de hacerla de niñera- al que estaba a su total merced cuándo ir o no al cine. A veces tenía que salir a estudiar (tenía él 17 años), a hacer compras, conversar con algún amigo, o simplemente porque no le daba la gana de ir conmigo o porque no quería ir. Como sea, harto de sus antojos, le pedí a mi mamá que me dejara ir al cine Junín por mis propios medios. "Si tu hermano no puede, no". Y yo, mortificado. "Si ni siquiera sabes tomar el microbús". Y yo, ridiculizado. "Ni siquiera sales a comprar el pan". Ahí tenía razón. Sin embargo, y viendo que era hora de dejar salir al pajarillo del pezón materno, conseguiría un peculiar triunfo cuando mamá aceptara mi petición. "Levantas la mano y paras la 70 -el ómnibus que me llevaba al cine-; luego, le das este sencillo", me diría un poco preocupada, mientras yo me lavaba la cabeza y me fijaba luego en el "listin cinematográfico" del periódico. ¿La película? Bueno, lo importante era la manumisión y, fundamentalmente, y desde ese momento, ir al cine cuando yo lo desee. ¿La película? "Los cazafantasmas 2" (se anuncia pronto la tercera parte, siempre y cuando Bill Murray acepte).

Lo que vendría luego sería para mí, con toda razón, la época dorada al lado del cine Junín. Acotemos que era difícil para un cine de barrio reunir películas de "autor", ya que perteneciendo a un circuito marginal, este tipo de cine apenas y proyectaba los residuos de los cines principales limeños; por ello, casi todas (por no decir, todas) sus películas emitidas eran descaradamente comerciales. Sin embargo, bien puedo dar fe de haber disfrutado mucho de ese cine al que llaman "para comer cancha". Así, reuniendo las propinas del colegio, solitario, en el "mezanine", llegando siempre puntual (cosa rara en mi vida), yendo sobre todo los lunes, con las butacas de cemento casi vacías, con los espectadores adormilados, con esas proyecciones que pasaban las películas sin sonido en los minutos finales, con la programación alterada (así, por ejemplo, una vez fui a ver una película de Chuck Norris y al momento de la proyección lo que vi fue la estupenda comedia de Blake Edwards "La fiesta inolvidable", con el genial Peter Sellers), y regresando a casa caminando, pensando en los problemas de la vida a esa edad, disfruté de películas como "Mi pobre angelito", de Columbus; "Batman", de Tim Burton; "New Jack City", de Van Peebles (con un jovencísimo Wesley Snipes); "Terminator 2", de Cameron (el cambio en los FX del cine a partir de los 90 se dio con esta película); "La lista de Schindler", de Spielberg (la recuerdo con mucho cariño, pues al regresar caminando, me asaltaron y me robaron mi dinero y mi casaca deportiva); "Alien 3", de David Fincher (pensando en por qué demonios no encontraba a la chica que tanto me gustaba en esas butacas iluminadas), etc.

Con todo, pasaron los años, la década de los 90 precisamente, y ya no pude acudir como quisiera. Primero, una enfermedad tropical que me tumbaría en la cama por casi un año; luego, apenas entrado a la universidad, mis padres se divorciarían, y finalmente, la quiebra financiera de este cine, siendo reemplazado por un gigantesco tragamonedas. Recuerdo haber pasado por ahí con ansias para olvidar alguna clase desaprobada en la universidad, y lo único que lograba ver era soniditos de máquinas de colores, mujeres gordas alborotadas, y cientos de globos. Sin embargo, años más tarde, producto tal vez del ánimo de recuperar antiguas épocas, al finalizar el siglo XX, el cine Junín sería reabierto y, con ello, los microbuses volverían a ver las interminables colas que se formaban en los alrededores de sus instalaciones. El siglo XXI volvería a ver, así, estos espectáculos de colas que se formaban antaño, y todo para ver la versión recut de "El exorcista", de Friedkin; "Matrix Reloaded", de los hermanos Wachowski (uno de ellos ahora se ha vuelto transexual); "Spiderman", de Sam Raimi; la saga de "El señor de los anillos", de Peter Jackson (proyecciones a las cuales yo acudía ebrio, pues se estrenaban luego de las fiestas de fin de año); "King Kong", de Jackson también (recuerdo a mi amigo Arturo, triste y enfadado en su butaca, pues se había suspendido la función porque se malograría el proyector), "Ocean Twelve", de Soderbergh (película que vi un sábado, literalmente sin nadie en el cine), "X Men", la I y la II, de Singer (recuerdo la segunda parte, pues regresaba de sacarme un diente del odontólogo y pensaba que la carrera universitaria elegida, Literatura, no me serviría para buscar trabajo); "Duro de matar 4", de Wiseman (al día siguiente del terremoto de 2007, con cinco personas más); "2012", de Emmerich (al que acudí a ver para celebrar mi licenciatura en mi carrera) y la última película que vi en el Junín, "El origen", de Nolan (película que tuve que ver con mi novia luego en el DVD, porque no la entendí). Así, el Junín estaba ahí; a la espera de que me saque de mi claustro escolar los días particulares, o la piense como bálsamo toda vez que la vida me resultara agobiante.

Siempre que regresaba del trabajo, la veía tan cerca, tan familiar; incluso, con su nueva estructura, con su boletero serio, repartiendo sus tickets rosados (los que todavía conservo como una forma de souvenirs), y sus vendedores de cancha y golosinas en las afueras. Sin embargo, la gente pronto dejó otra vez de ir. Dicen que por lo barato, porque da vergüenza ir a un cine así habiendo los nuevos multicines, más bonitos y modernos, en lugares nices como Miraflores y San Isidro; porque el sonido era horrible y las nuevas generaciones ya no toleran que haya siquiera una interrupción de la proyección; porque dicen que se siente ridículo que lo vean a uno con su enamorada o enamorado en la cola; porque es mejor comprar un DVD en el mercado del barrio.

Ahora está cerrada nuevamente; con un breve cartelito de "Se alquila", anunciando su extinción. Por ahora no está; aunque sé que en algún momento, ojalá, alguien la reabra. Ahora que ya no está mi hermano mayor para llevarme, quisiera que él estuviera aquí para ir juntos; que vuelva de la muerte para regresar juntos a la casa, mientras mamá nos espera con la comida servida, feliz porque papá veía televisión junto a ella, y mientras yo le contaba la película que habíamos visto.

Para decirles que también somos lo que perdimos.








jueves, 30 de diciembre de 2010

Capacitación docente en literatura 2011



Ahora que el universo literario local se ha puesto de moda a raíz de nuestro querido premio Nobel, la comunidad literaria sanmarquina invita a profesionales especialistas e interesados, al curso de capacitación docente que se llevará a cabo entre enero y febrero del año nuevo vecino. Dictado por profesores de su escuela de literatura -Jorge Terán, Javier Morales y Mauro Mamani- y con módulos actualizados sobre teoría, interpretación e historia de la literatura, este curso espera satisfacer las constantes interrogantes sobre esta importante disciplina humana.

Informes, haciendo un "click" en la imagen de este post, o en la misma escuela de literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

viernes, 3 de septiembre de 2010

7.23



PRIMER CASO.
Alguna tarde del año pasado, mientras salía de San Marcos con un reciente profesor de su Facultad de Letras, observé a un hombrecillo sentado en el borde de la vereda que colinda con la avenida Universitaria. Tenía un paquete de discos compactos sobre el piso; una mirada curiosa, penitente, distraído en el pasar rápido de los estudiantes que ingresaban a la Decana de América por la premura de los horarios, y aplastado con su camisa de cuello sucio y pantalón roído. Conversando entonces con este profesor sobre temas de aquí y acullá, miramos ambos lo que a todas luces era un vendedor ambulante. A su lado, casi me di cuenta que interrumpía la vereda, mientras se me acercaba con un DVD. "Compre documentales sobre Derrida, Deleuze; sobre...", hasta que terminé por reconocerlo. "¿LY?"; y solo atinó a avergonzarse, a sonreír, todo colorado él, y a saludarme casi a la volada, pues me disponía a volver a casa.

Unas semanas antes, intentando buscar trabajo, lo conocería en las aulas de una conocidísima Escuela de Profesores. "¿Qué haces acá?", le dije; "Buscando chamba". "¿Y tú?", me preguntó. "Igual". "¿Ya has acabado tu carrera?", insistió. "Claro. Estoy próximo a licenciarme", respondí. "Qué suerte", me dijo, como si habláramos de marcianos. "Yo me salí en el cuarto año de literatura, en la Villa, hace años". Acabo de verlo hace unos meses por los pasillos de estos "reputadísimos" colegios; orgulloso y encorbatado, enseñando lo que tal vez sea lo único que sepa.

SEGUNDO CASO
"¿Y ustedes qué van a hablar con esos chiquillos?", dijo. "A ellos, mírenlos como billetes que caminan. Nada más. Se acabó el payaso".

TERCER CASO
"Yo enseñé en la escuela de Literatura de San Marcos. Los alumnos no deseaban leer; les dejé varias lecturas y cuando llegaban a clase nadie había leído nada. 'Así terminarán vendiendo libros en Crisol', y luego me retiré", nos dijo Vladimir, otro profesor. Dicharachero, con una corbata que le llegaba hasta sus rodillas, y siempre tarde, nos enseñaba y restregaba las formas cómo había triunfado en el mundo preuniversitario, y cómo había abandonado la dulce carrera del magisterio universitario, porque "En San Marcos solo pagan 600 soles y acá gano muy bien". Y todos en silencio y felices. "¿Alguien de San Marcos, de Literatura?". Yo. "¿Conoces a NBD...?". "Claro, aunque mi profesor de ese curso fue DHN". "Ese torpe... es mi enemigo. Con él discutí, y por él me fui de la escuela de Literatura". Oh. "'Quédate con tu sueldito de 600 soles', le dije y me vine a acá. Acá pueden hacer carrera. Pueden hacer dinero. Pueden irse luego al San Silvestre".

Le pregunté a mi conocido de la Facultad de Letras sobre si conocía a Vladimir. "Claro", me dijo. "¿Quién no lo conoce?". "¿Y es cierto que enseñó en la escuela de Literatura?". "Nada", dijo, sin tomar importancia a lo que me decía. "Acá solo enseñan los que han estudiado literatura".

CUARTO CASO
Lo conocí en el verano de 2010. Un tipo siempre con la camisa abierta y fuera del pantalón, mascando chicle, siempre hablando de cuándo jugar fútbol los sábados y tomarse unas cervezas; y siempre sin maleta, apuradito, como si recién bajara de una combi(luego descubriría que también hablaba así: como cobradorcillo de combi). Pasaron las semanas y me di cuenta que los alumnos me colocaron en los últimos puestos en las encuestas. "No vas. Usted ha acabado en los últimos lugares. Nosotros somos un equipo; si hay algún horario por ahí lo llamaremos, y bla bla bla...", me diría el Benefactor. Y a buscar chamba en otro lado. Curioso, frustrado, amargo, triste, deprimido, cogí mi cartón de recién licenciado en literatura y quise romperlo. No lo hice. Y sinceramente, hasta ahora, he pensado en hacerlo.

Meses después, hace unos días, quise ver a este chico de la camisa desabotonada, que hasta ahora enseña del lugar de donde me desterraron, con mucho éxito por cierto, y grande fue mi sorpresa cuando descubrí que sus alumnos lo consideran un MAESTRO.

Observen bien este vídeo y vean si es o no. Cada uno con sus conclusiones.



("Comparito", "Flaquito", "On'", "Pe'"...). Y enseña desde el 2004 en los preuniveristarios y over and over again...

QUINTO CASO
"Pero ese trabajo implica investigación. ¿No nos van a pagar nada?". "Es una forma de agradecer a esta institución que nos ha acogido y nos da trabajo". Regresé a casa furioso y quería mandar a la mierda todo.
Horas más tarde, le escribiría a la coordinadora sobre cómo hay que hacer el trabajo.
Más mediocre, imposible.

jueves, 1 de julio de 2010

El profesor payaso... el profesor rebelde


Hace unos días tuve una pequeña guerra en las aulas secundarias de la conocidísima institución educativa "Trilce", por efectos de un problema estrictamente pedagógico. Un grupo de adolescentes (trece o catorce años, no más) me reclamaron enfebrecidamente por mis soporíferas clases de literatura durante mis horas de dictado. "Que no hace dinámica"; "Que sus clases dan sueño"; "Que mejor estaba el profesor anterior que era bien chévere, pues hacía chistes, bromas, payasadas..."; etc., y que "usted habla y nadie le entiende y a nadie le interesa".

El motivo de esta Ilave distrital limeña radica en un meollo clave: El PLAN LECTOR. Con ocasión de este método instaurado por el Ministerio de Educación, para alejarnos lo más posible del estigma de quedar últimos en las evaluaciones PISA respecto a la capacidad lectora de los peruanos, los colegios particulares Trilce, acuerdan como parte de su metodología de Plan Lector dedicarle, bimestralmente, una lectura de dos textos novelísticos de autores conocidos y reconocidos que bien puedan sentirse identificados con la edad y motivaciones de los estudiantes del tercero de secundaria. ¿Mi participación allí? Un completo desastre y un buen porcentaje de reprobados. Un buen sector se queja de que no le gusta lo que lee; otro sector se queja de que no leyó el libro, y otro sector ni siquiera compró el libro (parece que las lecturas de Julio Verne ya están, por lo menos para ellos, pasados de moda). Curiosamente, los que se quejaron de mi "metodología" (debo afirmar que no poseo ninguna metodología conciente educativa) son los que se sacaron de 06 para abajo; reincidiendo además ya en notas desaprobatorias en el tema del Plan Lector.

Solo les hice una pregunta clave: ¿Si tanto admiraron al profesor anterior con sus clases, por qué ahora tienen notas tan pobres en comprensión lectora y redacción?

Insistieron con lo mismo, lo cual me hizo pensar en lo que está sucediendo ahora con el tema de aquellos profesorzuelos (en este caso de literatura); con aquellos bribones y bandoleros que ensucian la dignidad de la docencia peruana; con aquellos eternos traficantes ambulantes de pizarra y tiza que ni siquiera han terminado su carrera de literatura o, peor, ni siquiera son de literatura y enseñan literatura. Por supuesto, no me refiero a algunos profesores de literatura de pre universitarios que, por cuestiones de azar, enseñan allí y que son bastante competentes. NO. Me refiero a aquella abundancia deforme de vendedores de cebo de culebra que se hacen pasar por profesores de literatura y que al final, terminan volviéndose en poco menos que cómicos ambulantes.

ACTUALIZACIÓN: El sujeto se llama Jorge Mendoza y, si bien en estos videos sus clases las da en PAMER, dicta también en Trilce. Disfruten.







¿Cuál es la guerra aquí? Ojo que no cuestiono a estas instituciones; y menos a TRILCE, total, es su sistema, y es con él con el cual pago muchas cosas que ahora llegan sus recibos mensualmente. Y al fin de cuentas, TRILCE tiene una virtud particular: su insistencia obsesiva en el PLAN LECTOR, que obviamente, no tiene como respuesta favorable la actitud de sus alumnos, y más bien sí, su rechazo. Es una guerra de silencios que seguro ya habrá cobrado varias víctimas. Ahora bien, el lado negro: los eternos y absurdos privilegios que se les dan a los alumnos y sus famosas "encuestas"; y donde ellos, muchas veces de manera errónea, optan por preferir a los profesores que más les hacen reír, olvidando que muchas veces un profesor, por formación pedagógica, académica, y hasta humanística, es tal vez un intelectual que lo único que va a impartirles es conocimiento y capacidad de reflexión. Yo soy nadie en el tema de la literatura, y más todavía, no creo ser mejor que nadie, pero por ética jamás podría hacer bufonadas y hacedor palabrejo de historias cuando lo principal, lo que define al curso de literatura, y especialmente la cualidad de una carrera humanística, es la reflexión cuando se opina sobre determinado texto o acontecimiento.

"Profesor, sus clases son aburridas. ¿Por qué no hace como el profesor anterior, quien se ponía como actor y teatralizaba las obras literarias, y nos mandaba a ver películas?". Es curioso, pero todavía me resisto a entregar fácilmente mi carrera en manos de bufones. En manos de bandoleros quienes creen que literatura es contar historias, cuando LITERATURA es una carrera humanística tan importante como la filosofía o el arte; y más todavía que carreras sociales como la historia o la antropología. Me rebelo; y creo que este asalto al cielo me va a costar un nuevo desempleo. Espero estar, de alguna forma, preparado para cuando me digan "Adiós".

Cuando la niña me dijo que el anterior profesor era "chévere", pensé que se había sacado "06" de nota cuando le pidieron que leyera, y que a muchos no les gusta leer, y menos a esa edad. A veces creo que tal vez no aguante mucho en Trilce y terminen expectorándome, porque simplemente me resisto a la idea de que el profesor de LITERATURA deba ser una suerte de bufón que debe "encandilar" a sus alumnos contándoles historias hermosas de gente hermosa para alumnos hermosos. Me pregunto: ¿Y cuándo van a leer? "El profesor anterior ese sí era 'chévere'", dijo la niña, mientras seguía recortando figuritas en su cuaderno, mientras yo me mataba explicando los tres reinos de Dante camino hacia ultratumba.

lunes, 3 de mayo de 2010

NIEBLA EN VENTANILLA





Siempre huyo de la ciudad. De mi casa. Y, por qué no, de los temas claves de mi vida. Los fines de semana, antes, cuando añoraba en el colegio nacional (de esos que ahora escasean) y juntaba las pocas propinas que irían a naufragar luego en las boleterías del cine de mi barrio, solía regresar caminando, terminada la función, por toda la larga avenida que se incrustaba en mi querido distrito de San Martín de Porres. Y allí pensaba: la chica que me gustaba, las canciones que tarareaba, los cursos en el colegio que no terminaba de aprender, los problemas en mi casa, las historias que iban y venían de mi cabeza. Antes, cuando era más joven, todo se reducía a esperar los sábados y aparecer en la entrada del cine y contemplar sin miedo y sin responsabilidades futuras las películas comerciales que apenas y duraban un par de semanas en el ecran. Antes, cuando era un niño de uniforme escolar color rata, le tenía pánico a los domingos y esperaba con ansias los viernes y los sábados, días mundanos, de noches esperando el milagro de algún suceso romántico insólito, de pasear solitario por parques y calles sin saber en absoluto que en algún momento, luego, décadas más, tendría treinta y aquella rutina desencantada pero consoladora, sería la nostalgia de aquello que ahora considero, con absoluta fe, como lo más cercano a la felicidad que pude disfrutar y que en su momento no lo había ni siquiera considerado como algún estado elíseo.

"Tengo miedo de que algo me suceda", me diría un viejo amigo de infancia hace unos días mientras departíamos unas cervezas. "¿Por qué?", le dije. "Adiós proyectos, adiós metas, a la mierda todo...", dijo, y pensé que cuando no se llega aun a esta década, tal vez nos sentimos inmortales.

Yo he vivido muchas "tragedias" particulares y silenciosas; abismos privados y cotidianos del cual, creo, nadie puede decir que haya podido huir. Sin embargo, a medida que los años se iban desgastando, uno realmente se da cuenta de cuáles son los verdaderos tesoros pugilísticos que la vida te asesta en momentos curiosos y en zonas del cual uno se consideraba blindado. La muerte de mi hermano mayor, por ejemplo, apenas unos días después de mi licenciatura, me dio la idea de que a veces los hechos fortuitos, peligrosamente, parecieran hechos de algún signo de llamada, de una decisión ajena y burlona, que no desea la felicidad plena de nadie. Y cuando eso ocurre, prefiero también, partir. Porque cuando uno sigue aquí, bajo este terciopelo y rodeado de los mismos animales de la pangea, debe de ceder, tolerar; resistir, agachar, tragar saliva, ocultarse, desentender, eludir, golpear primero, y final y fundamentalmente, seguir viviendo. Por eso es que parto. Por eso es que siempre lo he hecho. Desde el colegio y el cine; desde la universidad y mis amigos que vivían en casas lejanas; desde ahora, camino a Ventanilla, entre la niebla y una mujer que me besa y dice quererme, entre amigos que vuelven con más amigos, es mejor dejarse golpear toda la semana, para encontrar el consolador bálsamo entre casitas aun mal construidas, entre una niebla que se pasea meditabunda hasta el mediodía, mientras perros y aves transcurren silenciosos por sus caminos de arena, aunque con la sensación de que afectos más honestos no hallarás en ese mundo tan distinto a ese "far west" que es el trabajo y el de saber que los mejores combates no se ganan, sino que representan las enseñanzas que solo las derrotas pueden dejar. No hay aprendizaje en la felicidad sino en la tristeza.

Ahora ya no camino por las avenidas: tomo taxi. Ahora ya no está el adolescente que se perdía entre las imágenes de las películas sabatinas del cine de barrio: ahora está el enamorado que debe de ir al cine bonito de un lugar bonito porque ella lo considera bonito. Ahora no está la desidia de perder trabajo tras trabajo y divertirse en el autobús de vuelta sin que importe lo que tu mamá o papá diga. Ahora hay que resistir la frustración de saber que a veces, muchas veces, a poca gente le importa lo que haces, y solo le importa lo que ellos quieren hacer. En el trabajo. Ahora no está mi hermano mayor y yo soy quien consuela a mamá y le dice y le pregunta triste, por teléfono, llorando, que si lo estoy haciendo bien como el hijo que ella esperaba.

Ya se ha ido todo y ahora viene ese lado al que nunca pensé arribar y que temo no disfrutar. Como cuando dejé ayer a ella -esa persona que ahora es el lugar donde naufragan las "propinas" de mi trabajo y los malestares y pensamientos que hubiera preferido dedicar a un cigarro y a una ventana- de madrugada y pensé que ahora sí temo regresar a casa y que me pase algo. Por ahora, llegó el momento de pasar a la otra fase; a ese nivel temido y atractivo y deseado, a ese lugar que te dice que se acabaron las previas y que empieza a curtirte. Allí ni el alprazolam podrá servir.

sábado, 2 de enero de 2010

"Douglas, ¿estás dormido?"



Recuerdo que hace doce años, apenas regresado de la universidad, muy de noche, entré a la sala de mi casa y encendí el televisor. Noticias vanas, series que casi nunca alcanzo ver sus temporadas completas y vídeos musicales. Aburrido, caminé al refrigerador por un poco de mantequilla y yogurt, y antes de llegar al sofá nuevamente, tocaron la puerta. Era papá. Confieso que con él, las cosas jamás han sido sencillas. Confieso que nunca he tenido una relación plena y armónica con él, y sí que muchas veces su presencia en casa (desde que dejó a mamá hace ya veinte años) me era repulsiva e insultante; ingrata e indigna; confieso además que muchas veces lo odié; aunque debo ser sincero, y es un afecto que no he conseguido explicar durante estos años, siempre he tratado de que se sienta orgulloso de mí. No es tanto culpa mía: siempre que obtenía un diploma, llegaba a casa y lloraba sobre mi hombro; siempre que ocupaba algún lugar digno en el colegio, comentaba orgulloso a sus amigos lo inteligente que le resultó el segundo de sus hijos. A veces, hablábamos por horas sobre su gusto por el cine, las series antiguas de TV y las revistas de historietas. Será por eso que me resultaba tan difícil odiarlo, y más bien, intentaba mostrarle lo estúpido que fue al marcharse de casa. Esa noche, entonces (la del yogurt y mantequilla) abrí la puerta, y encontré a mi padre ebrio, con un amigo ebrio, y queriendo entrar a casa ebrio los dos, para continuar embriagándose. Me indigné y le pedí que se marchara. "Me das vergüenza", recuerdo haberle espetado frente a su amigo. Y como siempre, la marca del porqué lo odiaba a veces salió a relucir de inmediato: "Y a mí me da vergüenza que estudies literatura". Sinceramente, no supe qué responder. No dije nada y lo eché de la casa sin mayor turbación. Se marchó con su amigo y sus ganas de beber, aunque esas palabras ya habían cogido carne. Llegué a mi cuarto en silencio y recordé más que nunca que jamás fui un alumno destacado en el claustro sanmarquino; tanto, que dudé cientos de veces en continuar una carrera que lo único que prometía era bohemia y subestimaciones ("¿Ah? ¿Literatura? ¿Profesor? Seguro hablas muy bonito y escribes poesía) y penosas intervenciones con los profesores, que parecían refocilarse en la ineptitud de alguien que solo había llegado a San Marcos con la esperanza de ser un escritor decente; y fueron además esas palabras las que me produjeron profundos temores durante los días venideros. ¿Qué podía esperar de mí mismo? ("Tu padre", "Siempre tu padre", me diría un viejo amigo de la universidad, al confesarle de nuevo mis angustias), ¿y por qué me importaban tanto esas palabras si quien verdaderamente merecía todo mi cariño era mi madre, auténtica gestora de lo poco que soy ahora? Aún no lo sé. (¿La idea psicoanalítica de que la meta del hijo es superar al padre?).

Al rato, salí de mi cuarto, y Chino, mi hermano mayor, estaba en la cocina hirviendo agua. Siempre me sorprendió la ambivalencia de su carácter. Él no era como yo: siempre parco; autoritario, poco presto a la intimidad filial; aunque siempre pensando en lo que sería de mi vida académica: matriculándome a pres a los cuales yo jamás asistía por ser un auténtico cobarde; acompañándome a dar mi examen de admisión y esperar a que saliera luego de horas de espera; él, quien me reventó un par de huevos en la cabeza cuando ingresé a la universidad; quien solía llevarme mi lonchera durante los recreos cuando llevaba primaria en el colegio fiscal de mi barrio. Él; quien solía contarle a sus amigos que tenía un hermano que estaba en San Marcos (y yo jamás lo supe); quien organizó mis sencillos 18 años, obsequiándome un pequeño piano; Él, quien reemplazó a mi padre y se cargó la responsabilidad entera de la casa, trabajando hasta tarde, despertando de mañana e ir corriendo a la universidad para continuar sus estudios de docencia. Él, quien cada fin de año nos contaba llorando (a mi madre y a mi hermano menor) que jamás nos fallaría; él, quien una vez adornó mi cama con estuches de Sporting Cristal; él, quien me acompañó a caminar por largas avenidas cuando me llegaban las depresiones inusuales a mi vida. Él, quien una vez se enfureció cuando me puse uno de sus jeans; él, quien me prohibía ver televisión hasta tarde por la carga de los recibos; él, a quien quise golpear varias veces porque echaba a mis amigos de la casa. Él, quien los últimos meses de este año, subía a mi habitación para preguntarme si estaba dormido. Él, quien le contó a sus alumnos que su hermano se había titulado en la universidad. Él, quien se casó e hizo a mi madre la abuela más feliz de esta vida incierta. Él, con quien bebí hace unas semanas. ÉL, quien esa noche de hervir el agua para el café nocturno, me preguntó qué me pasaba. "Nada", le dije. "¿Qué pasa?", me insistió. "Nada", dije, y me puse a llorar sin más. "Es mi papá", le dije. "Dice que le doy vergüenza".

No dijo nada. Transcurrieron unos segundos de silencio y nadie dijo nada. "Douglas...", dijo luego, intermitente, y mientras me iba al baño, me cogió del brazo y me empujó a su pecho y me abrazó con bastante fuerza. Lloré mucho. Lloré con rabia. Lloré con odio. Lloré con tristeza. Lloré por primera vez con mi hermano; ese, con quien nunca hablé de mujeres ni de bohemia; quien me apagaba el televisor y solía reclamarme por quedarme dormido con la luz encendida. Ese, quien ahora se ha vuelto espíritu. ÉL; a quien, algún día, en las calles del cielo, le confesaré los días de su ausencia. Él, a quien alguna vez le dije "papá".